Clodovaldo Hernández: Los instintos violentos de nuestros querubines

Clodovaldo Hernández

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Clodovaldo Hernández/Cuando los ánimos se aplaquen, los padres, las madres e, incluso, las abuelas y los abuelos de la clase media incendiaria deberían reflexionar, puertas adentro de sus casas, acerca de la forma cómo han criado a sus muchachas y sus muchachos.

Es una reflexión necesaria, no solo para esas familias, sino para el país en general, pues estos chicos y estas chicas son un segmento muy significativo de la juventud venezolana y es bueno detenerse a pensar si es cierto o no que andan descarriados y que se encaminan a ser unos adultos frustrados y resentidos, sumamente peligrosos en la oposición (como ya lo han demostrado) y ni imaginárselos si alguna vez llegan a ostentar el poder político.

Los jóvenes de clase media que hoy tienen entre 16 y 25 años (por poner unos parámetros) han disfrutado de incontables privilegios desde que estaban en el vientre de sus madres. Han tenido excelentes servicios de salud, educación en colegios y universidades de élite, vivienda digna (en muchos casos, de lujo), recreación a todo trapo, viajes por la bolita del mundo y acceso a juguetes, aparatos y tecnologías de última generación, recién salidos de los hornos del primer mundo. Pero en sus corazones acumulan un odio, un rencor inmensurable que parece dirigirse contra los que no tienen nada o tienen poquito.

Se supone que esto debería funcionar al revés, que los pobres deberían odiar a los ricos y a los clase media, por aquello de la cochina envidia. Sin embargo, la ola venezolana viene con resaca. Pregunto aquí y allá y varias personas me dicen que quien puso de relieve la división de clase y la lacerante desigualdad social fue el comandante Chávez que, además, era particularmente duro al referirse a los oligarcas, los burgueses y los escuálidos. Concedido, algo de eso puede haber. Pero, hablando en serio, ¿acaso la división de clases y la desigualdad no existían antes de que Chávez debutara en el escenario político en 1992? ¿Y entonces, por qué carrizo ocurrió el 27 de febrero del 89?, ¿por qué teníamos aquellos pavorosos índices de pobreza que apenas se han podido atenuar luego de quince años de esfuerzos?

Bueno, ese es otro tema. Volvamos al de los instintos violentos de los querubines de la gente acomodada. Los padres y las madres (y los abuelos y las abuelas) de estos niveles socioeconómicos no deberían, en todo caso, seguir empeñados en echarle toda la culpa a un solo hombre y, sobre todo, no deberían seguir escurriendo su propia responsabilidad. ¿O es que quince años maldiciendo a un líder y a sus seguidores; quince años criminalizando a los cubanos que han venido a ayudar al pueblo pobre; quince años tocando histéricamente cacerolas; quince años intoxicándose con medios de comunicación altamente venenosos podían dar como resultado una generación de muchachos equilibrados y pacíficos? Muy difícil.

Si estos chicos y estas chicas llevan quince años viendo a sus padres, a sus madres y a los líderes de estos cometiendo toda clase de barbaridades y errores sin reconocer nunca sus responsabilidades, ¿cómo puede esperarse que sean gentecita dispuesta a asumir las suyas?

Si estas mentes jóvenes y adolescentes presenciaron cómo sus familiares les daban vivas al cáncer y festejaban la muerte del presidente Chávez, ¿qué de raro tiene que quieran matar a Nicolás Maduro?

No. Viéndolo con objetividad, en su afán de oponerse rabiosamente a un gobierno que cuenta con el respaldo mayoritario, estos compatriotas han cultivado unas mentes tan disociadas que, a la primera oportunidad que les dan, salen a quemar el país. Con semejantes modelos a seguir se han convertido en pobres chamos ricos y pobres chamas ricas. Díganme si el tema no amerita que padres, madres, abuelos y abuelas se calmen un poco, dejen la olla en paz, y se pongan a reflexionar un rato. Ojalá.

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