RECTIFICAR O ARAR EN EL MAR

BarataPor: Jorge Gómez Barata

En la Unión Soviética hubo errores que, aunque advertidos a tiempo, se arrastraron durante setenta años y se reprodujeron idénticamente en todos los países del socialismo real durante otros cuarenta; entre ellos figura el diseño y el contenido de las organizaciones sociales y las instancias de participación.

El error consistió en que los sindicatos dejaron de ser organizaciones de los trabajadores, las de jóvenes de la juventud y las de intelectuales de los intelectuales para ser todas entidades del partido, definidas como correas de transmisión; en lo cual fue convertido el propio Estado.

A ello se unió el exclusivismo ideológico, según el cual solo un pensamiento científico era valido y existía un solo punto de vista político. Sin oposición ni critica, sin separación de los poderes del Estado y sin prensa con independencia de juicio, el poder concentrado en un pequeño número de personas y en una sola organización, se hizo a la vez total y vulnerable.

A la postre, la incapacidad para dialogar con interlocutores diversos no resultó una fortaleza sino una debilidad. Rosa Luxemburgo advirtió a Lenin de los peligros de la falta de democracia en el partido, Trotski polemizó acerca del papel de los sindicatos y llegó a concebir una “oposición obrera” y el propio Lenin introdujo la Nueva Política Económica y trató de implementar la inspección obrera y campesina y, en sus últimos días, se dolió por la amplitud y la influencia alcanzada por la burocracia.

La opulencia de los primeros errores y su vigencia por décadas se convirtieron en deformaciones estructurales que paralizaron al sistema y le impidieron auto renovarse. La falta de democracia al interior del partido, la instrumentalización de los órganos legislativos y la subordinación del poder judicial, impidieron que la crítica al estalinismo en el XX Congreso del Partido Comunista en 1956 así como otros esfuerzos arrojaran los frutos deseados.

La identificación del Partido dirigente con el gobierno y los errores de diseño incapacitaron a todas las organizaciones sociales, especialmente a los sindicatos para dialogar con el poder, ejercer la crítica constructiva y representar a la clase obrera, la intelectualidad revolucionaria y al pueblo. Esa obligada abstención dio al traste con todos los intentos de reforma en la URSS y en el resto de los países ex socialistas.

Durante años, Fidel Castro insistió en la necesidad de convertir a los sindicatos en una contrapartida de la administración y Raúl no se cansa de predicar la necesidad de separar al partido de la función administrativa y gubernamental de modo directo cosa que tal vez no sea posible cuando las mismas personas estén a cargo de funciones que deberían ser diferentes.

Con esas y otras experiencias a la vista, la dirección cubana está habilitada para reflexiones mayores y para adoptar decisiones trascendentales que hay que hacer sin prisa aunque con determinación.

Una y otra vez el presidente Raúl Castro llama a cambiar las mentalidades, deshacerse de los dogmas, abandonar el formalismo y practicar la crítica. Los recientes congresos de los sindicatos y las organizaciones sociales, no apuntan en esa dirección sino a la reiteración de prácticas fallidas. Tal vez ello ocurre porque las estructuras vigentes no están en capacidad de cambiarse ellas mismas y, como otras veces, se necesita de una palanca que actúe desde fuera. En la sociedad cubana, esa fuerza no puede ser otra que la del Partido. Allá nos vemos

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