LA REVOLUCIÓN IMPREVISTA

BarataPor: Jorge Gómez Barata

Como consecuencia de las reformas económicas, los partidos gobernantes de China y Vietnam han asimilado los cambios operados, no sólo en las relaciones de producción, sino también en las estructuras y dinámicas sociales, aprendiendo a lidiar, además de con desigualdades, con élites acomodadas, proletariado de cuello blanco, y con una vasta clase media. Su experiencia no es una receta aunque si una referencia.

La filosofía de la Ley de Inversiones aprobada en Cuba apuesta por la introducción masiva de capital extranjero, lo cual significa una elevada presencia del sector privado en la economía y la sociedad cubana. En ese proceso, los operadores económicos han identificado correctamente la problemática de la participación de los nacionales, a la que proponen un tratamiento que puede ser erróneo.

La respuesta al problema de la incapacidad inversora de los cubanos de la isla no puede ser excluirlos de facto y de jure, sino ayudarlos a incorporarse a ese proceso, que es decisivo para la nación y el socialismo, y que comporta dos aspectos: uno técnico y administrativo, y el otro ideológico y político.

El primero no tiene misterios ni complejidades, pues bastaría ubicar a quienes cuentan con algunos recursos y habilidades empresariales, y tienen méritos suficientes, y apoyarlos con créditos, locales, incentivos fiscales, y otros elementos análogos. Lo más complicado es lograr que esas nuevas élites no se conviertan en cuerpos extraños, ni sean letalmente nocivos al proyecto de país propuesto por la Revolución que, percibido en una dimensión estratégica, será un socialismo diferente al conocido.

El socialismo que viene será una obra de ingeniería social cuyo diseño, entre otras novedades, incluirá al sector privado en la economía, que asumirá una identidad nacional y otra extranjera, y que convivirá con la economía estatal. Esas circunstancias plantearán una dinámica social y política que exigirá de los círculos dirigentes saberes y habilidades inéditos.

Un esquema así será sostenible en la medida en que, como ocurre en algunos países occidentales (Austria, Alemania, Escandinavia), y en la propia China, exista un estado democrático fuerte, capaz de arbitrar el proceso, imponer la justicia social y distributiva, y trabajar por el bien común. En ese empeño las élites, que apoyadas por el Estado y la Revolución Socialista adquieran solvencia, podrán ser aliados del socialismo, o como mínimo compañeras de viaje.

Es obvio que se trata de un asunto que tiene una complejidad nunca vista, y solo equiparable con una nueva revolución, que esta vez no es política, sino ideológica y social, y para la cual Cuba cuenta con estructuras que, reacondicionadas y preparadas, pudieran enfrentar la tarea. Entre ellas el Partido, la intelectualidad, la academia, los periodistas y los propios trabajadores, que en lugar de empleados, pudieran ser parte de ese proceso. La audacia de la aventura corta el aliento, pero no hay opción. La única salida es sumar a los cubanos, no excluirlos.

Ante la dirección política cubana está planteado no sólo construir nuevos consensos, sino hacerlo con actores diferentes, que formarán la sociedad del futuro inmediato, la cual, en la medida en que sea próspera, incluirá una clase media urbana y un campesinado totalmente diferente, no sólo económica sino social y políticamente. El campesino no será más un labriego, sino un empresario.

Dejado a la espontaneidad o manejado con torpeza, sobre la base de esquemas, dogmas, y formalidades, ese proceso ya visible, puede ser fatal. No obstante, como ocurre en China y Vietnam, existen oportunidades de atenuar sus peores consecuencias y potenciar las mejores. Intentarlo es una opción, ignorarlo un suicidio.

Respecto a los cubanos radicados en el exterior, no basta con alusiones sesgadas o medias tintas, sino que se necesitan políticas audaces, integrales y debidamente consensuadas. Tal vez sea el momento para convocar una conferencia nacional solo para el tema de la integración de los emigrados a los procesos económicos nacionales, y procurar un genuino consenso, que sin ignorarlo, no sea rehén de las políticas y del bloqueo norteamericano.

Seguramente se dirá que propongo recrear, desde la Revolución y bajo la dirección del Partido, una nueva clase. Corro el riesgo. En cualquier caso se trata del mismo y valioso pragmatismo que el presidente Raúl Castro ha incorporado a su gestión. Si estamos obligados a introducir elementos de mercado, es decir de capitalismo, debemos identificar y sumar a las fuerzas sociales que lo operarán. El riesgo de fracasar intentándolo es preferible al de omitirlo.

Lamentablemente, la presente generación no tiene oportunidades reales de conducir ese proceso hasta el final, pero sí de realizar el esbozo, e incorporarlo a su legado. Allá nos vemos.

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