Vigencia del Che. Cuadros de dirección en Cuba

che
Santiago Alemán Santana
Orlando Saroza Monteagudo
Jorge Pérez Méndez

Profesores e investigadores. Escuela Provincial del Partido «Carlos Baliño», Villa Clara.

El capitalismo, por su esencia explotadora expresada en la exacerbación de las desigualdades que conducen a la exclusión enajenante, ha demostrado a lo largo de su historia la incapacidad de resolver los serios problemas que penden como espada de Damocles sobre el destino de la humanidad. Más bien tal sistema constituye la causa de los males: agotamiento de los recursos naturales y destrucción galopante del hábitat del hombre como resultado de la irracionalidad despilfarradora; crecimiento constante de la hambruna e incremento del desempleo, por lo que millones de familias carecen de fuentes de ingresos para solventar las necesidades elementales, mientras en el otro polo aumenta la locura consumista propia del sistema; crecimiento de la mortalidad infantil por falta de alimentos y por enfermedades prevenibles y curables; permanencia del analfabetismo. En resumen, fortalecimiento del reinado del dinero, el egoísmo y la violencia, en detrimento de la esencia humanista del hombre.
El socialismo, como movimiento hacia la justicia social y la equidad que quiebra la enajenación del hombre y abre el camino hacia su plena libertad en la medida que lo convierte en protagonista consciente de todos los procesos, constituye, a nuestro juicio, la única alternativa real de desarrollo. Cuba, junto a otros países, transita por la etapa inicial de ese camino.
El enfrentamiento exitoso al extraordinario reto planteado ante Cuba de consolidar el socialismo depende en gran medida del personal encargado —los cuadros— de conducir los procesos en las diversas esferas de la vida social.
El dirigente que propicia la verdadera participación del pueblo como protagonista en el diseño y ejecución de la obra revolucionaria se convierte en pieza maestra de la construcción socialista. Para comprender la magnitud de esa afirmación y su trascendencia práctica el pensamiento de Ernesto Che Guevara es guía ineludible.
El presente trabajo ofrece una visión generalizadora de la concepción del Che sobre los cuadros de dirección en la construcción socialista, con el fin de promover el interés por su estudio y aplicación en la solución de los problemas actuales.

Ciencia y arte en la dirección de la sociedad socialista

Dirigir significa tomar decisiones, planificar, organizar, estimular y controlar la actividad de las masas, pero no de cualquier manera, sino de modo que se corresponda con las exigencias de las leyes objetivas, se garantice la realización del sistema de intereses socioeconómicos y se propicie la formación del hombre nuevo.
La naturaleza de las decisiones tomadas y la eficacia de su cumplimiento dependen, en gran medida, de las competencias de los cuadros, es decir, de sus cualidades expresadas en métodos, estilo de trabajo y prestigio. De ahí el interés social por que en cada puesto de dirección esté aquel que mayores condiciones reúna.
Siempre ha constituido una preocupación trascendente para las clases dominantes la formación de dirigentes capaces de conducir todos los procesos en correspondencia con sus intereses supremos. Las del socialismo no son una excepción, todo lo contrario, más si se trata de un sistema en su estadio inicial, que se abre paso en franca puja con el capitalismo, en un proceso de «doloroso alumbramiento». Tal sistema es mucho más complejo que todos los que le precedieron. Se edifica sobre la base de la acción reguladora, consciente, de sus miembros. Esa premisa supone, sobre todo, un alto grado de compromiso social y de conciencia científica.
La complejidad es más evidente si se valora la diversidad de intereses de las clases y grupos sociales empeñados en la obra revolucionaria, cuya realización efectiva solo tiene lugar si todos ellos se conjugan en armonía social, colectiva e individualmente —como expresión de la unidad. En los dirigentes se sintetiza el sistema de intereses.

¿Qué significa ser un cuadro?

El cuadro socialista fue definido por Vladimir I. Lenin como representante de vanguardia de la clase obrera capaz de conducir a los trabajadores en la construcción socialista: el verdadero organizador, hombre de mente clara y visión práctica, que reúne la fidelidad al socialismo con la capacidad de organizar sin alboroto el trabajo unido, solidario y común de gran número de personas.
A partir de la visión leninista, Ernesto Che Guevara, expresa su concepción, adecuada a las condiciones de la construcción socialista en Cuba:
Un cuadro es un individuo que ha alcanzado el suficiente desarrollo político como para poder interpretar las grandes directivas emanadas del poder central, hacerlas suyas y trasmitirlas como orientación a la masa, percibiendo además las manifestaciones que esta haga de sus deseos y sus motivaciones más íntimas. Es un individuo de disciplina ideológica y administrativa, que conoce y practica el centralismo democrático y sabe valorar las contradicciones existentes en el método para aprovechar al máximo sus múltiples facetas; que sabe practicar en la producción el principio de la discusión colectiva y decisión y responsabilidad únicas, cuya fidelidad está probada y cuyo valor físico y moral se ha desarrollado al compás de su desarrollo ideológico, de tal manera que está dispuesto siempre a afrontar cualquier debate y responder hasta con su vida de la buena marcha de la Revolución. Es, además, un individuo con capacidad de análisis propio
[…]
El cuadro, pues, es un creador, es un dirigente de alta estatura, un técnico de buen nivel político que puede, razonando dialécticamente, llevar adelante su sector de producción o desarrollar a la masa desde su puesto político de dirección.
Sin dudas, ese es el dirigente que necesita hoy la Revolución. Sin embargo, la presencia de tendencias deformantes contra las cuales se lucha, como el inmovilismo y la corrupción, muestra que no todos los que ocupan cargos de dirección en Cuba pueden conceptuarse así. No siempre dirigen quienes mayores condiciones reúnen.

¿Cómo debe ser el dirigente?

Según Lenin, si un dirigente posee ciertas cualidades, en particular de orden político-moral, es un verdadero comunista; no importa si pertenece o no al partido de ese nombre. Además, debe ser un buen organizador y un profundo conocedor de la esfera a su cargo.
La definición guevariana permite clasificar las cualidades en: políticas, prácticas, morales, pedagógicas y psicológicas. El Che las concibe unidas, donde todas son importantes, ninguna debe subestimarse, sin olvidar la supremacía de las políticas.
Guevara, al dirigirse a los cuadros subraya:
Si ustedes tuvieran todas las otras características y les faltara […] la de ser un buen comunista, de ser compañeros de vanguardia en todos los sentidos y de tener una actitud superior frente a la vida, realmente ustedes no podrían ser nunca cuadros de primerísima línea.
Para él, el directivo, amén de dominar la historia y el pensamiento revolucionario cubano, debe
conocer la teoría marxista-leninista y aplicarla consecuentemente en la práctica con espíritu creador, dominar la línea trazada por el Partido y luchar con todas las fuerzas por su materialización en estrecha vinculación con las masas […] por desarrollo político no debe considerarse solo el aprendizaje de la teoría marxista, debe también exigirse la responsabilidad del individuo por sus actos.
Y agrega que la claridad política
no consiste en el apoyo incondicional de los postulados de la Revolución, sino en un apoyo razonado, en una gran capacidad de sacrificio y en una capacidad dialéctica de análisis que permita hacer continuos aportes, a todos los niveles, a la rica teoría y práctica de la Revolución.
El aprendizaje y aplicación creadora de la historia y la teoría marxista es uno de los puntos débiles en la práctica actual. A tal situación han contribuido, entre otros, los siguientes factores: 1) el pobre desarrollo de la teoría del socialismo, 2) los avatares de su enseñanza en Cuba, 3) la subvaloración más o menos enmascarada de la teoría en amplios círculos de dirigentes y 4) el empirismo en el diseño y ejecución de las tareas de carácter económico. Además, existen quienes recitan los principios y postulados, pero son incapaces de actuar en correspondencia con ellos.
De acuerdo con la concepción guevariana, en el orden práctico un cuadro verdadero debe poseer reconocidas competencias profesionales, unidas a la experiencia en el trabajo, dotes organizativas, capacidad administrativa y de gestión y espíritu de superación.
Al hablarles a los funcionarios de la economía, el Che señala la interrelación necesaria entre las cualidades prácticas y las políticas:
el administrador es la pieza maestra del engranaje de la producción. Se busca en ellos claridad política y capacidad administrativa; es decir, conciencia de la justicia de nuestra Revolución unida a conocimientos mínimos, capacidad de organización, ejecutividad y disciplina, fundamentalmente.
La falta de profesionalidad y el escaso dominio de la tecnología y de las técnicas administrativas y de gestión son algunos de los serios problemas que ha enfrentado la dirección empresarial cubana. Las causas —diversas y complejas— van desde las limitaciones materiales de un país subdesarrollado y bloqueado, hasta las deficiencias a lo largo del proceso de selección, preparación, ubicación, evaluación y promoción de los cuadros. Por lo tanto, se requieren cambios sustanciales para elevar la eficacia de la dirección y la eficiencia económico-social empresarial. Las cuestiones señaladas son válidas no solo para las empresas, sino también para la dirección en todas las esferas de la vida social.
A las cualidades políticas y profesionales se vinculan estrechamente las morales, pedagógicas y psicológicas. En la concepción del Che estas se refieren en lo fundamental a la ejemplaridad, tanto en el ámbito laboral como familiar y social; al espíritu de sacrificio y de entrega total y desinteresada a la obra de la Revolución; a la capacidad para captar los anhelos de los trabajadores y trasmitirles con claridad las orientaciones precisas; a la afabilidad, la modestia, la sencillez, el amor, la intransigencia revolucionaria, la valentía, la audacia, la perseverancia, la honestidad, la dignidad y el decoro, entre muchas otras. Así expresa él esa gama de importantes rasgos del cuadro: «deben dictar cátedra de laboriosidad y sacrificio, deben llevar, con su acción, a las masas, al fin de la tarea revolucionaria […] el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor».
Según el Che, existe un elemento sumamente importante que resume todas las cualidades del cuadro revolucionario. Se trata del modo en que esa persona sintetiza los intereses de la clase obrera a la cual representa. Al respecto afirmó: «No somos nada más que emanaciones de la clase obrera […] tenemos que ser dignos de esa representación».
Sin embargo, en Cuba han surgido actitudes de ostentación e inmodestia, alardes de poder, uso inadecuado de la crítica y la autocrítica, acomodamiento, falta de exigencia y otras conductas ajenas a la naturaleza del cuadro revolucionario. Ellas son expresión de la ausencia de las cualidades necesarias, y de que las distorsiones ideológicas provocan generalmente una visión pequeñoburguesa de la dirección y generan corrientes aislacionistas que de prosperar pueden dar lugar a la aparición de una capa privilegiada con pretensiones de ubicarse por encima del pueblo. Tal situación, insostenible ideológicamente, conduce al suicidio político.
Si bien la concepción del Che sobre las cualidades de un verdadero dirigente revolucionario se encuentra plasmada en los documentos del Partido Comunista de Cuba (PCC) sobre la política de cuadros y en los diferentes códigos de ética aprobados, no siempre se utilizan adecuadamente los preceptos establecidos como guías para la selección, evaluación, ubicación y promoción de estos actores.

El estilo y los métodos de dirección

Las cualidades del cuadro se manifiestan en el modo de ejercer la dirección, es decir, en determinado estilo de trabajo que cualifica el nexo directo del dirigente con sus subordinados y se convierte en nudo de la relación sujeto–objeto, del cual depende, en gran medida, el éxito en el cumplimiento de las tareas planteadas por el propio curso del desarrollo socialista.
Si bien es cierto que cada dirigente posee un modo peculiar de actuar, hay que tener presente que este se subordina al estilo de trabajo determinado por la sociedad. El factor social incide en la personalidad del individuo. La absolutización de la individualidad puede conducir a serias dificultades prácticas. La máxima expresión de lo individual se produce siempre en determinado contexto de lo general.
El enfoque correcto del mencionado vínculo entre lo individual y lo social, el reconocimiento de principios generales y cualidades comunes a todo dirigente de verdad revolucionario, permite hablar del estilo como algo genérico. En la sociedad socialista en construcción existen dos estilos que se contraponen y niegan mutuamente: el autocrático, ajeno a la propia naturaleza del socialismo, y el democrático, que debe utilizar todo cuadro revolucionario ocupado en la conducción de cualesquiera de las esferas de la vida social. El Che insiste constantemente en el segundo porque en la medida en que sea asumido se pondrán en juego las potencialidades reales del socialismo.
¿Por qué no siempre se emplea el estilo correcto? ¿Acaso no existe una teoría al respecto? En la construcción socialista los problemas no están dados solo porque el sistema brota de las entrañas del capitalismo y arrastra consigo lastres de aquel viejo régimen, sino también por la presencia de contradicciones internas generadas por la propia actividad revolucionaria. No todos los cuadros reúnen las cualidades necesarias y ello conduce a la existencia de un estilo inadecuado, impropio del socialismo.
El autocrático es el aplicado por el cuadro que centraliza de manera excesiva la toma de decisiones al creerse el único capaz y no tener en cuenta los criterios de los subordinados; absolutiza los métodos administrativos de ordeno y mando; niega la gestión participativa; enfrenta a los demás con arrogancia y prepotencia; ensalza el burocratismo en aras de un control y una disciplina altisonantes, ajenos al espíritu socialista; genera enfoques esquemáticos; procrea el dogmatismo y le interesa más aparentar que ser; en esencia, es muy crítico hacia los demás pero muy complaciente consigo mismo.
El Che, al referirse a esos males y sus causas, distingue especialmente el burocratismo provocado por «la centralización excesiva sin una organización perfecta». Además, analiza los problemas vinculados al «dogmatismo y el sectarismo […] que propician una evidente separación entre la masa obrera y los organismos productivos». Para él, la oposición de los intereses personales a los sociales conduce a la ruptura del necesario vínculo con las masas.
Esos nefastos vicios pugnan contra la gestión participativa. El Che critica a aquellos administradores que «se sientan en un buró, cierran sus puertas y dividen totalmente su vida de la vida de los obreros de las fábricas». Y reclama con urgencia: «abran la puerta […] examinen el taller [y] la fábrica, en contacto con los obreros».
Para Guevara, la esencia del estilo que corresponde a un verdadero dirigente revolucionario consiste en la aplicación consecuente del centralismo democrático. Señala: «Debemos de ir […] con espíritu humilde, a aprender en la gran fuente de sabiduría que es el pueblo». Y particulariza: «El administrador debe ser lo suficientemente unido a las masas como para poder interpretar su sentir, como para no estar nunca aislado de ella, como para poder aprender directamente».
Asimismo, relaciona el futuro del socialismo con la gestión participativa de los trabajadores en la toma de decisiones. Expresa:
el real desarrollo económico, el desarrollo económico impetuoso de los pueblos se logra cuando estos pueden expresarse a través de las instituciones políticas directamente, a través de la conducción de sus fábricas y de todos sus medios de producción.
Pero él no se limita a las generalizaciones, sino que demuestra en la práctica las vías concretas para materializar la democracia socialista. Su idea de poner en marcha los Consejos Técnicos Asesores, el Movimiento de Innovadores y Racionalizadores, la emulación y las asambleas de producción, tiene un valor permanente. Valora dichos Consejos como «la primera tentativa de crear un verdadero nexo entre la masa de los trabajadores y la Dirección de la fábrica». Crea el Movimiento de Innovadores y Racionalizadores con obreros y técnicos para buscar soluciones a problemas concretos. La asamblea de producción es, en el enfoque guevariano, el marco propicio para
la expresión verdadera de los anhelos y opiniones de la clase obrera […] representa una especie de cámara legislativa que enjuicia la tarea propia de todos los empleados y obreros. Allí deben imperar, como armas de educación socialista, la crítica y la autocrítica. Esta modalidad permite que se intercambien muchos puntos de vista, a veces encontrados, se eduque a los administradores en la escuela del análisis crítico de su propia tarea ante el pleno de la masa obrera y a esta para el control efectivo de las tareas de administración.
El Che resalta como un notable rasgo del estilo revolucionario el verdadero espíritu crítico y autocrítico, sin mordazas ni alardes engañosos, y considera que la emulación está llamada a ocupar un lugar especial en la edificación del socialismo, pues «debe ser la base fundamental del desarrollo de la conciencia socialista y de los logros de la productividad» y «es un arma para aumentar la producción y es un instrumento para profundizar la conciencia de las masas».
Lamentablemente los enfoques tecnocráticos y burocráticos han hecho mucho daño a las posibilidades de todos esos eslabones de la cadena masa-dirigente. Por ello resulta necesario aplicar de modo consecuente las ideas del Che vinculadas a la utilización certera de los métodos adecuados como rasgo distintivo del estilo dinámico y creativo de cualquier cuadro revolucionario. Él señala:
El administrador no puede ser el metódico cumplidor de todas las órdenes emanadas de los organismos superiores. Es una parte viva que tiene que poner de sí […] Disciplina e iniciativa son dos cosas que [se] tienen que manejar constantemente.
Para él los métodos administrativo, económico, jurídico y político deben combinarse en correspondencia con las circunstancias, sin detrimento ni absolutización de ninguno, pero considerando el papel decisivo del último en la construcción del socialismo, dado que, en definitiva, este sistema «es resultado de hechos económicos y de […] conciencia». Y, además, resalta el lugar de la persuasión:
Allí está la tarea del dirigente […] convencer a los compañeros obreros […] porque los sacrificios de un Gobierno revolucionario no pueden exigirse desde arriba, tienen que ser la obra de la voluntad de todos y del convencimiento de todos.
La resultante lógica de tal combinación de métodos se proyecta necesariamente en el campo de los incentivos al trabajo y al desarrollo de la conciencia. «Tenemos que establecer […] estímulos morales […] y también los estímulos materiales adecuados al momento en que vivimos». Pues, en definitiva, «es justo que a los que crean riquezas con su trabajo diario se les dé algún premio […] más conciso que las palabras nada más».
El sistema de gestión de la construcción socialista debe fundamentarse en la conjugación armónica de los mecanismos económicos y el trabajo político-ideológico, de la estimulación material y moral. Sin embargo, en realidad muchos cuadros, sobre todo los empresariales, con un enfoque tecnocrático ajeno al marxismo, conciben dicho trabajo como algo fuera de sus funciones. En consecuencia, absolutizan los métodos administrativos y económicos de manera que el enfoque partidista de las tareas no forma parte de su estilo de dirección.
En ocasiones se concibe lo político-ideológico desligado de la producción, de la vida, de las necesidades y conflictos que enfrenta cada colectivo, de la búsqueda de soluciones a los problemas prácticos. En ese, como en muchos otros campos de la construcción del socialismo, la ausencia de un enfoque integral de los asuntos, con la participación real de todos como expresión de la unidad, deja saldos negativos. Con pleno fundamento el Che expresa: «hacer de la unidad de la fábrica una verdadera unidad de combate donde haya unidad de doctrina […] basada en el convencimiento de todos sus miembros y no en la disposición de algunos». Tal visión encierra extraordinario valor práctico en la solución de los problemas actuales de Cuba en general y de su sistema empresarial en particular.

Prestigio y autoridad

Para el Che, el prestigio consiste en el respeto, la admiración, confianza y seguridad que sienten los trabajadores hacia sus dirigentes; es el poder de arrastre que posee el cuadro respecto a las masas.
Prestigio y autoridad real son sinónimos. Algunos, por error, piensan que la última se obtiene al utilizar un estilo autoritario, basado en las relaciones de poder. Es evidente que confunden los términos. La autoridad no es un atributo del cargo que se ocupa, sino fruto del quehacer diario del cuadro en su contacto directo con el pueblo, durante el cual se manifiestan sus cualidades en un estilo de trabajo correcto, con la aplicación de los métodos adecuados.
Como Lenin, el Che entiende que la dirección no se asegura por la fuerza del poder, por la imposición; sino por la fuerza de la energía, la mayor experiencia y la mayor amplitud de cultura y talento. El cuadro debe ganarse con su acción el respeto de los trabajadores. El prestigio supone la aprobación, por parte de los subordinados, del papel del dirigente como líder.
Las relaciones de confianza son trascendentales. Se logran cuando quien dirige goza del respeto de los subordinados en tanto los hace partícipes en la toma de decisiones, evalúa con justeza los éxitos y deficiencias del trabajo colectivo, sabe sacar conclusiones provechosas de las críticas de los trabajadores y hace corresponder las palabras con los actos.
El Che enfatiza ese tipo de relación directa, camaraderil entre ambas partes y recalca, en virtud de ello, la necesidad de que los colectivos elijan a sus dirigentes. ¬La masa designará, si se le conduce bien, a su mejor representante, a quien goza del mayor prestigio y, por tanto, lo seguirá con energía y entusiasmo en el cumplimiento de todas las tareas. Che se refiere a la expresión máxima de la democracia revolucionaria de manera directa.
Para él la base fundamental del prestigio del dirigente es su ejemplo personal. Y puntualiza: «Insistimos a nuestros cuadros dirigentes en que la única forma de impulsar las tareas yendo adelante de las tareas, es mostrando con el ejemplo cómo se hacen, no diciendo desde atrás cómo se deben hacer».
Cuando se posee un alto prestigio se crea un clima favorable donde reina la compresión, el entusiasmo y el espíritu de lucha y victoria. Crear tal clima es decisivo en los momentos que vive hoy la Revolución cubana. No todos los que ocupan cargos de dirección gozan del prestigio necesario. Es imprescindible materializar las ideas del Che en todas partes y seguir su ejemplo en la práctica.

Política de cuadros

La acción combinada de diversos factores objetivos y subjetivos conspira contra la existencia de una verdadera política de cuadros en los diversos eslabones del complejo entramado de procesos objeto de dirección en la construcción socialista, a pesar de existir definiciones más o menos exactas en los documentos normativos, tanto partidistas como estatales.
Resulta imposible desconocer las limitaciones objetivas que han matizado la realidad cubana desde 1959, escenario complejo en el que se diseña y concreta la política de cuadros y estos actúan. De inicio hay que señalar las insuficiencias objetivas vinculadas al desarrollo de las fuerzas productivas materiales, a los procesos técnico-tecnológicos, las relaciones de producción, los sistemas de gestión y los mecanismos de funcionamiento de la economía en su interacción con toda la vida social, en un país en transición al socialismo, bloqueado y agredido, donde necesariamente durante muchos años las políticas otorgaron preferencia al área social, la defensa y el trabajo político-ideológico, mientras lo económico, en particular la microeconomía, vinculado al funcionamiento empresarial, quedaba relegada a un segundo plano. En la actualidad, la escasez de recursos, la permanencia de complejas deformaciones estructurales y serios problemas demográficos, afectan la actividad de los cuadros de dirección.
Tampoco puede olvidarse que muchas de las escuelas para la preparación de dirigentes estatales y ramales, en especial algunas creadas por el Che, desaparecieron. Igual derrotero tuvieron determinados sistemas diseñados para la superación constante desde los puestos de trabajo. El empirismo, la rutina y la autocomplacencia marcaron las tendencias principales en la actuación de muchos cuadros.
Sin embargo, es necesario reconocer que no se ha aplicado consecuentemente la concepción guevariana. En primer lugar, por desconocimiento de quienes diseñan y ejecutan la mencionada política: los propios cuadros. Ello se vincula a un gran déficit en el proceso de preparación: en verdad el pensamiento del Che se estudia y recuerda sistemáticamente solo en determinados círculos académicos y en general en fechas históricas o campañas; no siempre es incluido en los programas de estudio, incluso en aquellos concebidos para dirigentes. Por otra parte, los textos originales, poco divulgados, no son del dominio público y se utilizan de manera limitada.
En segundo lugar, las ideas del Che no se han aplicado en el grado necesario debido a la tendencia existente entre los cuadros operativos a subestimar la teoría como guía de la práctica. Por ejemplo, en la actividad económica no se enfocan los procesos de la construcción socialista desde la economía política, por lo que no se centra la atención en la realización de la propiedad de todo el pueblo como fundamento del sistema y garantía de la necesaria unidad nacional. También se observa la absolutización de los enfoques económico-financieros al remarcarse la primacía de las fuerzas productivas y la función de la ciencia y la técnica, sin profundizar en el carácter decisivo de las relaciones de producción en el destino del socialismo; y es evidente la formalización de los mecanismos democráticos. El hecho de que un cuadro atienda o no esos asuntos sustanciales no es tenido en cuenta en su selección, ubicación, preparación, evaluación y promoción.
Además, la designación de cuadros mediante nomenclaturas propias de los diferentes niveles de dirección solo con determinadas verificaciones o consultas, limita la participación real del pueblo. Socialismo sin efectivo protagonismo popular en todos los procesos, no es posible. Puede afirmarse que la dificultad más honda por resolver en Cuba para garantizar la consolidación de la Revolución gira en ese ámbito.
Ante la imposibilidad de realizar adecuadamente en los últimos años los reemplazos necesarios de cuadros —atendiendo a resultados concretos en diversas áreas y niveles, edad, sexo y otros criterios, o la presencia de casos de conductas inapropiadas (falta de ejemplaridad, acomodamiento, indisciplina, descontrol, corrupción)—, la dirección del PCC ha reconocido, en diversos eventos partidistas y estatales, tanto la existencia de serias deficiencias en la actividad de algunos cuadros de dirección, como sus propios errores al seleccionarlos y prepararlos.
Entre las principales causas de la situación descrita se distinguen:
• la difícil y compleja realidad por la que transita la construcción del socialismo;
• el incumplimiento de las orientaciones respecto a la política de cuadros, lo que conduce a la selección y ubicación sin tener en cuenta la experiencia laboral, los conocimientos y capacidades;
• la excesiva centralización;
• la falta de control y exigencia;
• el paternalismo en las evaluaciones;
• el déficit de espíritu crítico y autocrítico.

Tanto en el Informe al VI Congreso como en el discurso de clausura de la Primera Conferencia Nacional del PCC, Raúl Castro Ruz caracteriza la política de cuadros y utiliza los términos improvisación, falta de visión y sistematicidad, para explicar por qué no se cuenta con una reserva de sustitutos preparados suficientemente para asumir las complejas funciones de dirección en el Partido y en otras estructuras del gobierno. En 2008, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl explicó la necesidad de enfrentar la demagogia, el oportunismo y la simulación, y expuso que uno de los problemas fundamentales en materia de cuadros es la falta de exigencia sistemática en todos los niveles.
El PCC reconoce, en sus documentos rectores, la falta de previsión e intencionalidad para aplicar de modo consecuente la política de cuadros y señala el escaso rigor que facilitó brechas con la promoción acelerada de dirigentes inexpertos e inmaduros. Precisamente para buscar soluciones a las deficiencias señaladas, la Primera Conferencia Nacional aprobó un conjunto de objetivos. Y los documentos emitidos para la implementación de estos enfocan críticamente la situación actual, al puntualizar la subsistencia de dificultades en la selección y preparación de las reservas, que conlleva no tener en cuenta las cualidades, capacidades y liderazgo. Una de las principales direcciones de trabajo definidas consiste en la diversificación de la cantera, en vínculo estrecho con las masas, sin aferrarse a los rostros conocidos.
La dirección de la Revolución ha trazado el camino para resolver las deficiencias existentes, pero la solución definitiva depende de la comprensión y actividad práctica de los cuadros en todos los niveles y, en particular, de la participación efectiva de los colectivos de trabajo y del pueblo en el proceso integral de selección, preparación, ubicación, evaluación y promoción de los dirigentes socialistas.

A modo de conclusiones

El Che constituye un ejemplo, con dimensión universal, de cuadro verdaderamente revolucionario. Fue un profundo pensador que asimiló, como pocos, la esencia de la teoría marxista-leninista como arma ideológica y científica en la lucha por la construcción de la nueva sociedad y la enriqueció en su aplicación constante y consecuente a la realidad cubana.
En sus obras brinda una caracterización integral del cuadro mediante el análisis sistémico de las cualidades, el estilo, los métodos y el prestigio imprescindibles, sin cuya asimilación crítica carecería de sentido cualquier concepción actual sobre las «competencias del dirigente revolucionario».
La construcción socialista exige objetivamente que en cada puesto dirigente se encuentre el hombre o mujer de mejores cualidades, correcto estilo y mayor prestigio. Tal concepción debe aplicarse de manera consecuente en todas partes, esa es una garantía del futuro revolucionario de Cuba

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