Las fantasías sexuales del racismo

Por Gabriel Andrade

Motumbo. Imagen racializada y racista

Motumbo es un personaje de tiras cómicas más o menos popular en internet. No se especifica de cuál país procede, pero es presumible que viene de África. Tiene el cabello en forma de afro, y es bastante musculoso. Pero, su rasgo principal es su enorme pene: a veces se compara con una serpiente anaconda, otras veces con un mazo. Las mujeres blancas que Motumbo encuentra a su paso sienten una extraña combinación de miedo y fascinación con el personaje. Muchas quieren estar con él, pero el gigantesco tamaño de su miembro les genera angustia.

Admito que, al contemplar estas historietas, me ha causado risa, y por qué no, envidia (si acaso existe aquello que Freud llamó ‘envidia del pene’, no sería de las niñas hacia los niños, ¡sino de gente común, como yo, hacia estos personajes sexuales caricaturescos!). Y, de hecho, los propios comediantes negros en EE.UU., Canadá, América Latina, Sudáfrica e Inglaterra, explotan esta imagen jocosa. Ellos mismos se ufanan de tener penes inmensos. Y, a medio camino entre la jocosidad y la seriedad, plantean sus supuestas dotes genitales como una forma de reivindicación social frente a la opresión. Bajo esta idea, los negros estarán en lo más bajo de la jerarquía social, pero en el tope de la jerarquía de atractivo sexual: las mujeres blancas se aburren con sus maridos insípidos de penes pequeños, y se vuelven ninfómanas al ver a los negros.

La pornografía explota aún más estas imágenes. Escenas de rubias tímidas con negros musculosos y con penes grandes son de las más populares. Incluso, en algún género de pornografía, los negros musculosos tienen relaciones con las mujeres blancas mientras sus maridos observan en frustración. Y, no sólo se trata del tamaño del pene, sino también de la intensidad de la actividad sexual. El negro es un potro insaciable, mientras que el blanco no tiene el rendimiento suficiente para satisfacer a su esposa. En todo este imaginario, por su parte, los asiáticos tienen el pene más pequeño, al punto de que es casi irreconocible como genital masculino, y por supuesto, su actividad sexual es muy reducida.

Un poco de comedia no viene mal, alegarán muchos. Pero, en realidad, todo esto tiene efectos muy serios. En varios países asiáticos, por ejemplo, se ha diagnosticado el extraño síndrome mental llamado koro: el paciente tiene la idea delirante de que su pene se reduce, hasta desaparecer. Si bien es un síndrome que se ha documentado desde tiempos antiguos, es presumible que sobre este síndrome inciden las imágenes mediáticas de hombres asiáticos con penes pequeños.

Más aún, una breve revisión de la historia de tensiones raciales en África, Europa y sobre todo, América, revela que la imagen del negro con pene grande no es tan cómica. El nacimiento de una nación, un clásico filme racista norteamericano de inicios del siglo XX, glorifica al Ku Kux Klan. Anticipándose a estas comedias  y a la pornografía, El nacimiento de una nación presenta la imagen del negro hípersexualizado que asecha a mujeres blancas. Pero, a diferencia de la pornografía y la comedia, la mujer blanca no ofrece su consenso, y es violada. Como consecuencia, los hombres blancos se organizan en grupos paramilitares, y linchan a los negros (supuestamente violadores) colgándolos de los árboles.

Los linchamientos de negros no fueron mera cuestión de ficción cinematográfica. En EE.UU., hubo una terrible ola durante la primera mitad del siglo XX. Hordas de gente blanca acosaba a sus víctimas negras, e infligían castigos bestiales, siempre con la acusación de que los linchados eran violadores. Así, se fue fortaleciendo en toda América la imagen del hombre negro que, con su insaciable sexualidad, amenaza al orden social. Y, entre los blancos se formó la obsesión de que la integridad y el honor de las mujeres blancas debían ser resguardados, pues si bien los negros tienen algún aspecto bestial, son peligrosamente seductores.

La mujer negra no fue objeto de estas fantasías sexuales en la misma medida que el hombre negro, pero tampoco estuvo exenta de ello. En la historia de la esclavitud y el colonialismo, hubo dos formas de representarla. La primera era la imagen de una mujer bonachona y casta, nodriza de las crías blancas, encargada de las labores del hogar, demasiado fea como para ser sexualmente atractiva. La segunda era la imagen de una mujer exótica con algún atractivo, pero con sexualidad peligrosa, más propia de las bestias, un prototipo de la femme fatale.

Sara Baartman,  ‘Venus hotenote’

A medida que se fue desarrollando el racismo científico en el siglo XIX, se le fue añadiendo un barniz científico a todas estas imágenes estereotipadas. Había una curiosidad científica por la conducta sexual de las distintas razas, pero en el fondo, todo esto estaba más cerca de la pornografía que de la ciencia.

Quizás el ejemplo más bochornoso de esto fue la historia de Sara Baartman, la llamada ‘Venus hotenote’. Originaria de la tribu de los khoikhoi, en la actual Sudáfrica, Baartman fue vendida como esclava a los británicos, y llevada a Londres en 1810. Baartman tenía nalgas preponderantes, y trató de convencérsela de que formara parte de un espectáculo en el cual mostraba sus nalgas al público, y permitía que los miembros de la audiencia las tocaran. Hubo denuncias de que esto era una forma de esclavitud (pues esta institución había sido abolida en Inglaterra en 1807), pero según parece, Baartman dio su consentimiento a participar en estos espectáculos. Baartman fue publicitada como la ‘Venus hotenote’ (los holandeses llamaban ‘hotenote’ a los nativos de Sudáfrica), haciendo énfasis en el enorme tamaño de sus órganos sexuales y sus nalgas. Baartman tenía el rasgo que hoy llamamos ‘esteatopigia’ (acumulación de grasa en las nalgas), y los labios vaginales alargados (rasgos más o menos frecuentes en las mujeres de grupos joisanes en Sudáfrica), y esto despertaba una enorme curiosidad.

Baartman fue luego trasladada a París y exhibida en un zoológico humano, junto a varios animales. Ahí despertó el interés del científico Georges Cuvier, quien tenía firmes intenciones de examinar sus labios vaginales. Baartman murió en una condición miserable, y Cuvier realizó un estudio anatómico de su cuerpo. Presentó los resultados a academias de científicos, en términos muy deshumanizantes: comparó los genitales de Baartman con los de los simios, mutiló su cadáver, y vendió piezas a distintas academias. Desde ese momento, Baartman se convirtió en símbolo de la humillación de Sudáfrica por parte de los poderes coloniales. En 2002, casi dos siglos después, el gobierno de Francia tuvo la dignidad de devolver a Sudáfrica los restos mortales de esta pobre mujer.

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