¿Adónde empieza tu verdad?

Leonardo Padura

eonardo Padura

Hace pocos días el periódico La Nación publicó una Entrevista a Leonardo Padura, en vísperas a su llegada a Argentina para participar en la Feria del Libro de Buenos Aires. El conocido escritor cubano al ser interrogado opinaba cosas como:

-¿Cuánto hay del desencanto, del escepticismo, de la desilusión de su personaje el detective Mario Conde en Leonardo Padura?

-Hay mucho. Hay una relación muy estrecha entre el personaje y yo. Mario Conde en la novela es mi forma de expresar la realidad cubana. Son los ojos míos para ver la realidad. Mario Conde es un hombre típico de mi generación que arrastra la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas, las ilusiones todavía existentes de mi generación…

¿Se puede hacer “periodismo militante”? ¿En qué medida el militante se traga al periodista?

-Se lo traga completo. El militante obedece al Partido. El Partido decide y manda. El periodista entonces desaparece.

Esa negativa e incompleta visión sobre Cuba en boca de uno de los más leidos escritores cubanos, tanto dentro como fuera de nuestro pais, a un diario que destaca por sus ataques a todos los procesos sociales que han ocurrido en el continente en los últimos años, obviamente no podia menos que desatar airadas críticas, comentarios y no pocas polemicas con quienes asumen similar posicion sobre la Revolucion Cubana, ignorando sus exitos y causas objetivas, especialmente las vinculadas a la política del Gobierno de losEE.UU. contra Cuba.

El 6 de Mayo aparecía en “Rebelión” el texto de Atilio Borón titulado “Padura en Buenos Aires”, donde con razón criticaba esta negativa visión sobre la Revolución Cubana que Padura daba en su entrevista al medio bonarense. Atilio señalaba en su artículo “¿cómo es posible que los fracasos o distorsiones de la revolución, que según Padura provocan “la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas” de una sociedad puedan ser señaladas sin decir una palabra sobre el imperialismo norteamericano y su criminal bloqueo de 55 años a Cuba?”.

Coincidiendo con su percepción, promoví este enlace en mi espacio personal de Facebook y se originó una rápida polémica con posiciones a favor y en contra de estos planteamientos. Y además el intercambio enseguida derivaba a hablar más sobre Cuba y los diferentes puntos de vista de los participantes que al origen mismo de tal polémica.Algunos pedían poder acceder a todo lo que se había publicado.

Como la repercusión de estos hechos ha continuado a partir, fundamentalmente, de la aparición el 11 de Mayo de otra suerte de entrevista a Padura en el Miradas al Sur titualdo“Aquí es donde más me preguntan por Cuba” y un excelente texto de GuillermoRodríguez Rivera en el blog Segunda Cita, de Silvio Rodríguez, me pareció interesante hacer una compilación de textos y comentarios sobre estas publicaciones que hablan sobre la posición asumida por Padura al hablar públicamente de Cuba y su Revolución de una forma parcializada.

A continuación, publico algunos de los textos señalados anteriormente y otros que me resultaron de interés. Espero les sea útil.

Atilio Boron

Atilio Boron

Padura en Buenos Aires

por Atilio Borón

Rebelion

¿Cómo es posible que los fracasos o distorsiones de la revolución, que según Padura provocan “la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas” de una sociedad puedan ser señaladas sin decir una palabra sobre el imperialismo norteamericano y su criminal bloqueo de 55 años a Cuba?

Tengo un gran respeto por Leonardo Padura,que ha escrito algunos textos notables (y polémicos)como “El hombre que amaba a los perros.” En los próximos días presentará en la Feria del Libro de Buenos Aires su más reciente obra: “El viaje más largo”, una crónica sobre la Cuba de los años ochenta y noventa del siglo pasado. Hoy, Domingo 4 de Mayo, el diario La Nación de Buenos Aires publica una larga entrevista con este autor y en la cual ofrece un balance muy negativo sobre la Revolución Cubana. Obviamente, cualquier proceso histórico tiene aciertos y errores, logros y fracasos. El problema con Padura es que los primeros no aparecen en su diagnóstico sobre aquellos años, durísimos sin duda, del “período especial”. ¿Pero será que no hubo ninguno en la Cuba revolucionaria, que todo estuvo mal? ¿Es posible olvidarse de conquistas históricas tales como la alfabetización universal y la enorme expansión del sistema educacional, los avances en materia de salud,la tasa de mortalidad infantil más reducida de las Américas, el acceso universal a la cultura en todas sus expresiones, la seguridad social, el internacionalismo como expresión de la solidaridad a escala mundial, para no citar sino las más evidentes?

Se podría decir que estos logros ya no bastan pero, ¿cómo es posible que los fracasos o distorsiones de la revolución, que según Padura provocan “la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas” de una sociedad puedan ser señaladas sin decir una palabra sobre el imperialismo norteamericano y su criminal bloqueo de 55 años a Cuba? Sin esa imprescindible referencia cualquier crítica a un proceso político concreto se desliza al terreno de la denuncia abstracta y, por lo tanto, insanablemente equivocada producto de su miope unilateralismo. Así la Revolución habría fracasado por la ineptitud de su dirigencia, a Allende lo derrocaron por los errores de su política económica, a Arbenz por su imprudencia al pretender atacar el saqueo que perpetraba la United Fruit, Juan Bosch fue depuesto por su terca intransigencia frente al imperio, la Revolución Bolivariana está amenazada por su incompetencia y así sucesivamente. Desaparecen el proceso histórico y el entramado internacional en el cual éste se desenvuelve y que, en el caso de Cuba,revela la antiquísima obsesión norteamericana por apoderarse de la Isla; se esfuma la lucha de clases en el plano internacional y el sobresaliente papel que le tocó jugar a Cuba para, por ejemplo, hacer posible la derrota del apartheid en Sudáfrica y de los imperialistas en Angola; y se hace caso omiso del hecho de que la mayor potencia económica y militar de la historia se ha empecinado, hasta el día de hoy y con todas sus fuerzas, en hostigar y sabotear a la Revolución Cubana. Va de suyo que no se puede ni se deben ignorar los factores endógenos causantes -en parte y sólo en parte- de los problemas denunciados por Padura. Pero un diagnóstico riguroso debe recrear, en el plano del análisis, la totalidad del momento histórico en donde los factores internos y externos se encuentran dialécticamente entrelazados. El inventario de los errores y las insuficiencias de la Revolución es incomprensible, un galimatías infernal, en ausencia de una adecuada contextualización. Creo, modestamente, que quien no esté dispuesto a hablar del imperialismo norteamericano debería llamarse a un prudente silencio a la hora de emitir una opinión sobre la realidad cubana.

Padura: Ser o no ser, esa es la cuestión

por Orestes H.

Blog Segunda Cita

Padura quiere jugar a otro juego. Él debe entender esta referencia por ser el aficionado a la pelota que es o dice ser…

Fue la idea central del archiconocido monólogo del bardo inglés William Shakespeare, la que primero vino a mi mente, cuando hace unas horas leí la entrevista que el exitoso escritorcubano Leonardo Padura ofreció al diario “La Nación” de Buenos Aires en ocasión de su visita a la Argentina a propósito de la presentación de su última novela en el contexto de la concurrida Feria Internacional que anualmente allí se organiza. En la obra de Shakespeare, el personaje Hamlet se debate en la trágica contradicción (universal) entre ser o no ser ante las disimiles coyunturas que le ha presentado la vida: sufrimientos, fortunas, armas y adversidades; siendo éstas, algunas de las encrucijadas ante las que el protagonista debate su decisión entre morir o vivir, e incluye muy a propósito la opción de soñar.

No soy escritor, ni especialista y mucho menos crítico literario, soy ni más ni menos que un hijo de Cuba, tanto como el propio Padura, en mi caso nacido con la Revolución y educado en los principios que heredamos de la historia de nuestro pueblo desde la conformación misma de la nacionalidad cubana; principios que la etapa del proceso revolucionario iniciada a partir de 1959 (aunque Padura lo desdeñe en cada una de sus apariciones) ha llevado a su máxima expresión. Tampoco pretendo hacer aquí un análisis de la obra literaria del escritor, a todas luces muy exitosa y de calidad sin discusión, y que debo reconocer he disfrutado mucho, desde la serie que protagoniza el sempiterno Mario Conde, hasta la “La Historia de mi Vida”, que considero su mejor y más lograda investigación, en la cual – debo también decirlo – de manera magistral nos lleva por los vericuetos de una parte de la historia de Cuba y sobre todo de la vida de nuestro poeta José María Heredia que desconocíamos. Ese es un libro digno de estar a la cabecera de cada joven cubano y en cada biblioteca de escuela de nuestro país.

Volviendo a la idea original de este comentario, digo que vinieron a mi mente Shakespeare y su Hamlet al leer la entrevista concedida al diario porteño porque aunque ya me he ido acostumbrando a las reflexiones claramente narcisistas de Padura, no lograba entender en esta ocasión las razones por las que decidió antes de su arribo a Buenos Aires ofrecer declaraciones justo a ese “medio de incomunicación”. Inmerso en esa duda me convencí que Padura siempre está (o debe estar) ante la disyuntiva shakespeariana de ser o no ser (o en todo caso “hacerse el muerto para ver el entierro que le hacen”, según reza un popular refrán cubano). Dedicaré mi comentario a dos temas que considero, entre otros, importante debatir alrededor de la mencionada entrevista.

En primer término vale mencionar que “La Nación”, si Padura no lo sabe (lo cual dudo), tiene un historial digno de una novela trágica, asociado a su complicidad con las dictaduras militares de los años 70, que costaron solo al pueblo argentino más de 30 000 desaparecidos, complicidad que está probado respondó a negociados por los que la justicia le ha abierto una o varias causas. Es el mismo diario que desde hace dos siglos y bajo la dinastía de la familia Mitre, ha desatado sin sonrojo todo su poder contra las ideas y acciones integracionistas de nuestros próceres y que en los últimos 50 años no se ha privado de nada para atacar todo proceso social en el continente que desee ser “normal” (para usar una palabra que expone Padura cuando es cuestionado sobre lo que desea paraCuba en el futuro) y trabajar por distribuir un poco mejor la riqueza.

Ese es el diario al que Leonardo Padura ofreció sus primeras declaraciones aun antes de llegar a la Argentina, y que los editores decidieron además ubicar en página privilegiada. Algunos, el propio Padura incluido, podrán aducir que José Martí, el prócer mayor de Cuba, colaboró con ese diario cuando estaba en Nueva York durante su prolongado exilio. Ello es cierto, muy cierto. Un Martí descollante en lo intelectual y definido en lo políticamente revolucionario (remarco: políticamente revolucionario), colaboró con varios diarios de la región y “La Nación” fue uno de ellos. El que lea sus crónicas de entonces, (estoy seguro que Padura lo ha hecho dada su condición de acucioso investigador), se dará cuenta que Martí hizo gala de una exposición clara de lo que estaba conformándose en el impetuoso imperio, y la combinaba con comentarios excepcionales que permitían al lector del sur de América adentrarse en realidades que marcarían su futuro.

Ahora se conoce que aquellas crónicas generaron temor en los editores aristócratas y desde aquel entonces, ya pro imperiales, por lo que la censura y la mutilación mostraron la verdadera esencia de lo que los dueños del diario pretendían. Para muestra, un botón. Fue el propio Bartolomé Mitre, Director del periódico quien el 26 de septiembre de 1882 remitiera a Martí una carta que se explica por si sola y en la cual le dice: (…)La supresión de una parte de su primera carta (…) ha respondido a la necesidad de conservar al diario la consecuencia de sus ideas, en lo relativo a ciertos puntos y detalles de la organización política y social y de la marcha de ese país (…) La parte suprimida de su carta, encerrando verdades amigables, podía inducir en el error de que abría una campaña de “denunciación” contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social, como centro económico (…). Su carta hubiera sido todo sombras, si se hubiera publicado como vino, y habría corrido el riesgo innecesario, publicándola íntegra, de hacer suponer la existencia de un ánimo prevenido, y mal prevenido (…) pero tratándose de una mercancía –y perdone Ud. la brutalidad de la palabra, en obsequio a la exactitud- que va a buscar favorable colocación en el mercado que sirve de base a sus operaciones, trata como es su deber y su derecho, de ponerse de acuerdo con sus agentes y corresponsales en el exterior acerca de los medios más convenientes para dar a aquella todo el valor de que es susceptible”. Elemental Watson! Habría dicho el inigualable Holmes.

El otro tema que deseo abordar asociado a esta entrevista realizada al escritor cubano Leonardo Padura, tiene que ver con sus valoraciones claramente desdeñosas que el escritor acostumbra a verter contra el proceso revolucionario cubano cada vez que tiene una oportunidad en sus constantes viajes y escritos, criterios que reitera (como no podía ser de otra forma) ante el cuestionario de “La Nación”. Pudiera decir yo, maliciosamente pensando, que Padura conoce cuál es el tipo de lector de “La Nacion” y él sabe que sus reiterados conceptos sobre supuestas “incertidumbres, sueños truncados y desencantos” del pueblocubano (del que al parecer pretende erigirse como vocero) sobre su proceso, serán cantos de sirena a potenciales compradores de su último trabajo que- ¡oh, casualidad!- es una “crónica de la realidad de Cuba de los 90”. Pero no seré tan “mal pensado”. Preferiré suponer que no es así y que Padura intenta presentarse el coherente ser humano que dice ser. Lo que me queda claro es si Padura leyó bien la carta que B. Mitre envió a José Martí, tan distante en el tiempo como hace 132 años, como tampoco si leyó con paciencia la carta de Martí a su amigo mexicano Manuel Mercado la víspera de su muerte en Dos Ríos.

¿Qué otra cosa explicaría entonces el hecho de que no mencione en sus respuestas a “La Nación” ni por asomo, como no ha hecho nunca en sus giras y presentaciones, el también centenario deseo de la élite estadounidense de apoderarse de Cuba? ¿Qué otra cosa explicaría que Padura obvie los miles de muertos que nos ha costado (y sigue costando) a los cubanos esa obsesión “monroista” de los EE.UU., para lo que han empleado no solo millonarias sumas, sino también mortales engendros de guerra química y bacteriológica? Padura obvia olímpicamente todo eso y, claro, los editores de “La Nación” lo premian ubicándolo en primera plana y las ventas de su libro subirán posiblemente de manera exponencial. Pero nada de eso es nuevo en la actitud de Padura. Lo que si no había escuchado hasta esta entrevista es “su reflexión” sobre la supuesta contradicción de “militancia y periodismo”.

Ante la pregunta de rigor, y haciendo gala de su máxima narcisista, sin tapujos, sentencia como si fuera un apotegma que: “El militante se traga por completo al periodista pues el militante obedece al partido. El partido decide y manda. El periodista entonces desaparece”. No solo es absoluto Padura en su pretendida y mesiánica conclusión, sino que además miente. Demasiados ejemplos lo aplastan, Martí el primero. Padura no debió decir eso nunca en la tierra de Rodolfo Walsh y Jorge Ricardo Massetti, para mencionar sólo dos paradigmas argentinos de la profesión. En cuanto a Cuba, claro que la prensa cubana hoy no refleja todo lo que pasa, hace y discute nuestro pueblo. Es una lástima y una rémora por las que estamos pagando y seguiremos pagando un alto precio. Es cierto que las normas, disposiciones y hasta temores (algunos explicables a la luz de la historia. pero no razonables ni justificables hoy) nos mantienen en en general en una situación de complacencia y triunfalismos editoriales que dista mucho de la realidad.

Todo eso es cierto, pero aseverar lo que de manera absoluta el exitoso escritor cubano dice, es cuando menos una ofensa a las decenas de buenos periodistas y hombres y mujeres de letras que aunque no sean periodistas de profesión, trabajan en el ejercicio de la palabra de una manera sincera, crítica y revolucionaria y Padura lo sabe porque él vive enCuba (mérito a reconocerle) y convive con ellos. Y como lo sabe, por eso su aseveración es oportunista. Al comentar este tema con un querido amigo, periodista experimentado y de sinceridad a toda prueba me decía: “…periodismo militante, ni por asomo, significa que quien lo ejerza sea miembro de un partido. Hay una militancia que nada tiene que ver con partidos políticos y tú y yo la conocemos bien en Argentina, donde decenas de amigos que defienden ideas de justicia, equidad , soberanía y autodeterminación no pertenecen a partido alguno. Pero sin ir más lejos, conozco a muchos en Cuba y en mi misma agencia que sin ser miembros del partido ejercen un periodismo de calidad e independiente que Leonardo Padura parece o quiere ignorar.” Habría mucho que comentar sobre los otros temas que aborda Padura en su entrevista, pero el espacio es poco y la paciencia de los lectores es aún menor. Finalmente debo decir que en sus exposiciones, tanto al diario argentino como en otras tribunas, Padura esboza (sin decirlo) cuál es la “Cuba normal que él desea”.

Padura quiere jugar a otro juego. Él debe entender esta referencia por ser el aficionado a la pelota que es o dice ser… El desea jugar al juego que niegue todo lo que ha conquistadoCuba en más de 145 años de vida republicana (no somos ingenuos y sabemos que sin república no se entendería lo que es hoy Cuba). Pero prefiere seguir callando que EE.UU. siempre ha querido tragarse a esta isla, desde que era una colonia española, y aún lo sigue intentando, con prisa y sin pausa. Ojalá y su silencio se deba a que sabe muy bien por que Washington no lo ha conseguido. Él debería ser claro y dejar de rozar los bordes. Él debería dilucidar si comparte los sentimientos políticos con Mario Vargas Llosa y Hugo Cancio respecto de la Revolución Cubana. Él debe decir cuál es la “Cuba normal” que desea. Él debe sinceridad a los miles que lo leen, aunque no la tenga consigo mismo… La historia, Padura, nos pone siempre ante la misma disyuntiva que Shakespeare dispuso para Hamlet: SER O NO SER, ESA ES LA CUESTION.

Guillermo Rodríguez Rivera

Guillermo Rodríguez Rivera

Padura, la literatura, el compromiso

por Guillermo Rodríguez Rivera

Blog Segunda Cita

Cuando impugné el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura a Leonardo Padura y afirmé que Eduardo Heras León debió recibirlo antes que él, creía –y creo– que la cuentística del Chino representaba un momento de la épica de la Revolución Cubana comenzante: pasarla por alto para premiar en su lugar una obra mucho más reciente implicaba olvidarnos de un momento esencial de nuestra literatura e incluso, de nuestra historia misma. Escribí entonces –lo repito ahora–, que ello no implicaba desconocimiento o subvaloración de la obra narrativa de Padura ni, mucho menos, algún conflicto personal con el novelista.

Conocí a Padura en las aulas de la Escuela de Letras de la Universidad de la Habana –tal vez en los años en que se llamaba Facultad de Filología–, y si bien no fuimos amigos cercanos, hemos tenido siempre buenas relaciones. Lo recuerdo visitándome junto a Rigoberto López cuando ambos planeaban ese muy buen documental que se llamó “Yo soy del son a la salsa”, ganador del premio principal en una de la ediciones del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Ambos querían escuchar conmigo los iniciales sones cubanos, los del Sexteto Habanero y el Trío Matamoros, que yo empezaba a atesorar en viejas cintas y, sobre todo, charlar sobre ellos, que era hacerlo sobre nuestra música. Después, estuvimos implicados Padura y yo en un proyecto que no llegó a materializarse: hacer una suerte de curso sobre la música popular cubana, que se llevaría a cabo en Palma de Mallorca, con el auspicio de la Universidad de las Islas Baleares y la gestión del común amigo Gonçal López Nadal. Alguna vez estuvimos Gonçal y yo, en el ámbito del hogar de Padura, en Mantilla.

Ocurre que soy poeta, ensayista y, como sabe quien me conozca, profesor de literatura desde hace más de cuatro décadas. En esos años, entre otras cosas, me ha correspondido enseñar la gran poesía contemporánea de la lengua española, tanto la de la península como la de América y, hace ya más de 10 años, me ha dado enorme gusto trabajar, en la Fundación Nicolás Guillén, la obra de ese cubano que es uno de los grandes poetas del español, en el siglo XX. En una entrevista concedida a La Nación, de Buenos Aires, Leonardo Padura discurre ahora sobre lo que llama “jugar a hacer política desde el arte” lo que, a su juicio no se debe hacer, porque “los artistas comprometidos de una manera militante con un partido, estado, filosofía o poder, terminan siendo siempre –o casi– marionetas de ese poder”. Quisiera comenzar afirmando que esa voluntad de independencia en los seres humanos es muchas veces más deseo que realidad, y que demasiadas veces se usa como una coartada política. Los periodistas cubanos opositores a la Revolución consideran “oficialistas” a los revolucionarios, y se llaman a sí mismos independientes, aunque dependan económicamente de ciertas instituciones que los sostienen, y políticamente de importantísimos poderes.

En el complejo entorno del mundo actual, el hombre inevitablemente contrae compromisos. Uno puede ganar su salario en una institución, sin que ello lo obligue a la esclavitud ideológica, a ser esa marioneta que mencionaba Padura. El escritor independiente depende de lo que escribe, y debe conseguir que esos textos satisfagan las aspiraciones de la editorial que los publica. Absolutamente independiente era Diógenes el Cínico (cínico porque llevaba una vida de perros) que dormía en una barrica y se dice que iba al mercado a mirar con satisfacción, cuántos objetos había que él no necesitaba.

El periodista del rotativo bonaerense ha entrevistado a Padura a través de un cuestionario trasmitido por correo electrónico, por lo que las afirmaciones recogidas en el viejo diario argentino –Bartolomé Mitre lo fundó en 1870, pero ya es otro periódico bien diferente a aquél en el que colaborara José Martí en las últimas décadas del siglo XIX–, deben ser textuales, fieles, exactas.

A la inversa de lo que se deduce de las opiniones de Padura, no creo que el compromiso del artista derive de su militancia: casi siempre el flujo, en los casos de real significación, ha sido a la inversa. Son las grandes conmociones históricas las que han impulsado a grandes artistas a eso que Padura llama (minimizándolo) “jugar con la política desde el arte”. En aquel poema que Pablo Neruda tituló “Explico algunas cosas” y que colocó al frente de España en el corazón (1937), su primer poemario comprometido, exponía en un verso el por qué sus poemas de Madrid olvidaban los grandes volcanes chilenos: venid a ver la sangre por las calles, decía. Eran los tiempos de la Guerra Civil española.

El caos hondamente conmovedor que Picasso llamó “Guernica”, se pintó después que los cazas alemanes bombardearan la aldea vasca que inmortalizaron al destruirla. ¿Voy a dudar de la honestidad de César Vallejo, de su plena integridad al escribir “España, aparta de mí este cáliz” y sumarse al Partido Comunista, como también lo hizo Nicolás Guillén? Mi mente, mi sensibilidad que han disfrutado las obras de esos hombres y los han admirado (del mismo modo que a Alberti, Maiacovski, Bertolt Brecht, Paul Eluard, Roque Dalton), se resisten a degradarlos, y mi lengua –y me precio de tenerla bien mala– rechaza cometer el parricidio de llamarlos marionetas.

Yo, que no he sido militante de ningún partido y ya no lo seré nunca, no seré tampoco quien sostenga que para defender sus ideas, el escritor, el artista esté obligado a figurar en la membresía de alguno. Pero tan intolerante como resultaría exigir esa militancia, me parece que lo es el hecho de descalificar al escritor porque su conciencia lo haya llevado a ello.

Yo estoy persuadido de que la novelística policial de Leonardo Padura tiene un claro maestro: el español Manuel Vázquez Montalbán, cuyo Pepe Carvalho es un primo español (en su escepticismo, en su estar de regreso de casi todo) del habanero Mario Conde. Vázquez Montalbán murió perteneciendo al partido comunista de Cataluña, el PSUC. Estando en España tras la extinción de la Unión Soviética, escuché en la radio una entrevista al autor de Los mares del sur, en la que una periodista con voluntad de incordiar, le preguntaba por qué militaba en un partido cuya ideología se había derrumbado. El poeta y narrador respondió que se había derrumbado una “lectura” del comunismo, una aplicación de la teoría marxista, pero que en el mundo había un número de pobres que crecía diariamente y cada vez menos ricos que atesoraban casi todos los bienes de la tierra. “Esa situación no se puede mantener”, concluyó. “En un momento del futuro, vendrá el triunfo del sistema comunista”.

En un artículo que publica “Rebelión”, el politólogo argentino Atilio Borón enjuicia la entrevista con Padura aparecida en “La Nación”, y subraya la que llama la “unilateralidad” del enfoque de Padura al valorar la Revolución Cubana. En sus últimas novelas se insiste en “el desencanto, las ilusiones perdidas” de una generación cubana que, obviamente es la del propio autor.

En la excelente trama policial que tiene “La neblina del ayer, el narrador omnisciente y a veces conductista, que describe el ambiente de las calles cubanas de un barrio popular, presenta a unos jóvenes aburridos, poblando las aceras y son, en su punto de vista, la resultante de la “frustración histórica” de Cuba. Pero Cuba no ha sufrido una frustración histórica. Cuba zanjó –está zanjando–su diferendo histórico con los Estados Unidos, la gran potencia que la convirtió en 1902, en un protectorado suyo y luego en una neocolonia y ahora, tras bloquearla por más de 50 años, hace lo único que tiene a mano: incluirla en una espuria lista de “países promotores del terrorismo” para desacreditar lo que no ha conseguido vencer.

El fin del socialismo del siglo XX determinó otra crisis que vino a sumarse a la que representaba el bloqueo norteamericano. Ahí se generó no una frustración histórica, sino una abrumadora frustración material. Pero Cuba se mantuvo, cuando parecía que no podía ser: no pudo regresar la ultraderecha de Miami para hacerse del poder y llevar adelante eso que uno de ellos ha llamado el “destriunfo” de la Revolución.

América Latina no es ya la sumisa región que cohonestaba el derrocamiento por la CIA del régimen democrático de Jacobo Árbenz, la invasión de la República Dominicana por los marines, o las tiranías de Augusto Pinochet y Rafael Videla. Es la región de la Revolución Sandinista en Nicaragua; del proyecto bolivariano que comenzó la Venezuela de Chávez; de la refundación plurinacional e inclusiva de Bolivia; de la revolución ciudadana de Rafael Correa en Ecuador; del Brasil emergente de Lula y de Dilma Roussef; de la argentina antimilitarista y progresista de los Kirchner; del Uruguay del tupamaro Pepe Mujica, y hasta del FMLN del mínimo Salvador, por el que dio la vida el poeta Roque Dalton. El punto inicial de ese proceso fue la aislada Cuba, la de Fidel y el Che, que generó ideas que volaron sobre el continente, y se quedó atrás, con un viejo modelo económico improductivo del que se ha propuesto deshacerse no tímida, pero si lentamente.

Leí con mucho interés “El hombre que amaba los perros”, a pesar de que Padura se enamoró de su investigación histórica y a veces hizo crecer demasiado la novela con páginas que no le hacen bien. Únicamente le reprocho el personaje de Iván, el cubano que azarosamente encuentra al fanático Mercader, e interactúa con él. La periodista, de “La Nación”, y que tiene el inesperado nombre de Hinde Pomeraniec (desciende de rusos y ucranianos) lo caracteriza velozmente:     un cubano sombrío, que pudo haber sido un gran escritor pero a quien el sistema hizo a un lado por haberse resistido a la obediencia irrestricta .

Ese es un personaje de ficción, seguramente procedente de la reprimida literatura soviética de los estalinistas de los años treinta, y para nada representativo de la realidad cubana.

Cuba tuvo un período de represión cultural, el llamado Quinquenio Gris (1971—1976) que Leonardo Padura no pudo vivir, porque era casi un niño entonces. Muchos artistas y sobre todo escritores –después de todo manejan el mismo peligroso instrumento del pensamiento, que es el lenguaje– fueron puestos a un lado por no trabajar dentro de los “parámetros” que la burocracia cultural del momento consideraba pertinentes. Ese fue también el tiempo de un intenso auge de la homofobia. Pero fue un período que acabó y esos artistas y escritores recuperaron su lugar en la cultura del país. El Instituto Cubano de Radio y Televisión, no difundía las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y Haydee Santamaría, la heroína cubana que dirigía Casa de las Américas, le pidió a Alfredo Guevara, el director del Instituto del Cine, que le creara un lugar de trabajo a “estos muchachos”. Así apareció el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, que dirigió el gran músico Leo Brouwer, y que empezó a difundir por el mundo la música y la poesía de Pablo y Silvio.

Y ya está bien. A pesar de que me satisface la divulgación de la obra del buen narrador cubano que es Padura, me sentía incómodo con la muy parcial entrevista ofrecida por él a “La Nación”, que Pomeraniec se encarga de matizar con sus observaciones. Ojalá el viejo diario donde colaboró Martí, edite otros trabajos que le permitan a sus lectores conocer mejor la realidad de Cuba, incluyendo la realidad de su cultura.

A continuación algunos comentarios publicados a este texto:

Bárbara Vasallo dijo…

Atinado como siempre el profesor

Creo que no solamente Padura, hay otros que también enfatizan en que los jóvenes cubanos están aburridos, que no tienen opciones y hablan también de aquella generación perdida. Es como una constante en sus discursos, tal vez para atraer la atención y ganar más adeptos.
No obstante recuerdo que bien cerquita de nosotros (a solo unos 180 kilometros al norte) se emplean millones de dólares constantes y sonantes precisamente para hacer ver al mundo una Cuba como la que ellos quisieran.
Después de este análisis del profe GRR con los puntos bien puestos sobre las íes, como decimos en buen cubano, no queda otra que seguir en cualquier espacio demostrando de verdad lo que somos, porque hay un montón de gente buena apostando por echar pa’lante. Eso olvidó decirlo Padura en la tan cacareada entrevista o tal vez, la colega puso lo que mejor le convino. Se ven cada cosas….

Sergio dijo…

Silvio:

Reitero que en Cuba hay intelectuales de mucha valía, militantes y no militantes que dicen lo que piensan con total valentía y el Profesor Guillermo Rodríguez Rivera, es otro de esos ejemplos con el que mucho se aprende.

Saludos
Sergio

Gabita dijo…

Humildemente pienso que no hay forma de ser apolítico, y de ser imparcial. Porque nadie es completo sin el otro, por eso, somos parciales. Por omisión o por acción, los artistas son políticos. Sencillamente porque son seres sociales, y como artistas, especialmente sensibles y pensantes. Sobre todo aquellos que, como bien dice GRR, “manejan el mismo peligroso instrumento del pensamiento, que es el lenguaje”. ¿Miltante? ¿Ser un humano reflexivo (periodista, escritor, poeta, pintor, músico, maestro, fotógrafo, estudiante, filósofo, artesano, cineasta…obrero, servidor público, funcionario, médico, etc etc etc) no implica militar unas ideas, unas posturas, unos ideales?¿Sólo se militan las ideas partidarias? ¿No se militan los ideales de vida, de la sencilla y paradójicamente complicada vida?
Recuerdo a Violeta hablando de los cantores que reflexionan:
“¿Qué es lo que canta? –digo yo.
No se consigue responder.
Vana es la abeja sin su miel,
vana la hoz sin segador.
¿Es el dinero alguna luz
para los ojos que no ven?
«Treinta denarios y una cruz»
–responde el eco de Israel.
¿De dónde viene tu mentir
y adónde empieza tu verdad?
Parece broma tu mirar;
llanto parece tu reír.”

Los seres humanos que hemos tenido la posibilidad de acceder a aulas donde buenos maestros impulsaron nuestra capacidad de pensarnos como hombres y como sociedad, tenemos la responsabilidad de preservar y trasmitir ese derecho ganado después de miles de generaciones en esta tierra. La belleza está en que Padura se expresó desde Cuba, Borón le respondió desde Argentina, GRR opinó desde Cuba…¿la misma Cuba? Cuba, la caleidoscópica Cuba. Ahí, en el papel y en la nube, están todas las voces. Incluyo la tuya trovador, tu voz que me resuena tanto. Ahora puedo yo leer y escuchar todas estas voces, y decidir por mí misma a quién creerle, a quién no. Incluso tengo el derecho de no quedarme con ninguna de las opiniones, tengo derecho a dudar.
Hoy vi “Conducta”. La recomendé en mi face a maestros y maestras amigos, algunos directores de escuelas que ya me han dicho que la emplearán como material de estudio con los docentes. ¿Es Carmela una militante revolucionaria? ¿Es la funcionaria del Ministerio la verdadera militante? ¿Cuál es el límite de la libertad?: si yo adhiero a una idea…¿acaso por eso dejo de ser libre? ¿la adhesión por convicción no es justamente un profundo acto de libertad?
Mucha tela para cortar hay por estos días en mi país sobre la “intelectualidad oficialista” y la opositora al gobierno. Pero el hecho objetivable es que se oyen las dos campanas. ¿Eso no habla a favor de quien es garante de esa libertad, el Estado y quienes lo representan en este momento?
La verdad, me dijo alguien alguna vez, no es sonido de un único instrumento. Es una sinfonía… siempre inconclusa agregaría yo.
Bueno, no sé si pude decir lo que quería. De todos modos…. la riqueza de este espacio que creaste es que escribí, un sábado frío de otoño en Rosario, en el sur del continente, pensando en otros que tal vez…. deseen compartir esta sinfonía.

Dijo Guevara el humano
que ningún intelectual
debe ser asalariado
del pensamiento oficial.

Debe dar tristeza y frío
ser un hombre artificial,
cabeza sin albedrío,
corazón condicional.

Mínimamente soy mío,
ay, pedacito mortal.

Lebis dijo…

Egunon Silvio.
Egunon segundaciteras.
Aquí seguimos, a por el quinto.
Profe, buen análisis para la reflexión.
Yo al hilo de la reflexión… “ no se debe jugar a hacer política desde el arte” porque “los artistas comprometidos de una manera militante con un partido, estado, filosofía o poder, terminan siendo siempre –o casi– marionetas de ese poder”., le preguntaría a Padura de quién son marionetas las artistas, como él?, que están por encima de esa “dependencia”.
Son la luz, el camino, la verdad?. Quién mantiene esa luz? quién le marca el camino? quién le transmite la verdad? Dios?
Creo que a Padura le vendría bien encontrarse con una escalera una mañana cualquiera cuando vaya silvando su trino. O tal vez ya la encontró y se le olvidó, o desechó, que solo le falta bajarse.
Un saludo, Guillermo.

Anónimo dijo…

Padura, presionado por los periodistas en Buenos Aires, se decidió (“sin querer polemizar”, aclara) a responder la crítica de Atilio Borón a su balance “desencantado” de la Revolución Cubana. Atilio se preguntaba en esencia si, errores aparte, era posible negar las conquistas de la inmensa obra revolucionaria y si no le faltaba a Padura un elemento clave, el imperialismo yanqui, a la hora de hacer con un mínimo de seriedad el balance de marras. En una entrevista, Padura descalificó a “alguien” que no vive en Cuba, que la idealiza, para hablar de los problemas de la isla; en otra, asegura que, cuando falta el yogur y el papel higiénico, uno tiende a criticar “instintivamente”.
Para saber qué ha significado el bloqueo y el acoso cotidiano de la mayor potencia del mundo sobre la Revolución, durante más de 50 años, no es necesario vivir en Cuba. Basta con haber estudiado los hechos, probados y verificables, condenados todos los años en la Asamblea General de la ONU, para entender el peso de tal hostilidad en la historia revolucionaria. Y Atilio Borón conoce a fondo el proceso cubano y no lo idealiza. La 2ª respuesta no merece comentarios.
Padura dice que aspira a que Cuba sea un país “normal”. ¿Qué es un país “normal” para Padura? Por lo pronto, es probable que él no hubiera llegado a la universidad si Cuba no se convierte, a partir de enero de 1959, en un país “anormal”, diferente, que liquidó el analfabetismo en un año y convirtió en un principio el derecho a la educación gratuita y universal.
A Padura no le conviene, como figura mediática, que Cuba regrese a la “normalidad” del capitalismo dependiente. Su encanto está ligado a vivir y escribir en ese país “anormal”. El personaje que se ha montado para sí mismo, el “desencantado”, ya no funcionaría en la “normalidad” capitalista.
Atilio y Padura se diferencian de madera sustancial en un punto: la ética. Atilio habla de Cuba desde la ética. Padura lo hace desde el personaje que le permite vender más libros y ganar dinero y celebridad.
Santos Pérez

fuente: http://cubaensolfa.wordpress.com/2014/05/13/adonde-empieza-tu-verdad/

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